"No me des tu vino tinto ni tu Anjou… dame a tu mujer… ¡me pertenece! ¡Ve a sentarte junto a la fuente y déjame a mí las lilas! Quítate las legañas de los ojos… ¡y coge ese maldito adagio y envuélvelo en unos pantalones de franela! Y los otros movimientos menores también… todos los pequeños movimientos que haces con tu vegija floja. Me sonríes tan confiado, tan calculador. ¿Es que no ves que te la estoy pegando? Mientras escucho tus gilipolleces, ella me está metiendo mano… pero tú no ves eso. Crees que me gusta sufrir: es mi papel, según tú. Muy bien. ¡Pregúntale a ella! Ella te contará cómo sufro. Eres cáncer y delirio, me dijo por teléfono el otro día. Ahora lo tiene ella, el cáncer y el delirio, y pronto tendrás que recoger las ostras. Te digo que sus venas están a punto de estallar y tu cháchara es puro serrín. Por mucho que mees, nunca taparás los agujeros. ¿Qué dijo el señor Wren? Las palabras son soledad. Anoche dejé unas palabras para ti sobre el mantel: las tapaste con los codos."

Perfección

La palabra perfección, como todas las palabras, ha ido perdiendo y difuminando su significado a medida que la gente la usa y la desgasta, para ramificarse así en muchos otros significados distintos.

Normalmente entendemos perfección como un ente que posee, de entre todas, las mejores cualidades y que carece de defectos. Y sí, podemos decir que esa perfección absoluta no existe. Sin embargo, existe una aproximación al ideal de perfección, y éste último a su vez es un concepto variable e individual (puesto que las cualidades que designan esa perfección son tan relativas como sujetos hay).

Sin embargo, podemos referirnos a algo perfecto como aquella cosa que encaja a la perfección (valga la redundancia) en un determinado contexto o situación. Por lo tanto, en este caso la misma palabra perfección ha perdido parte del significado que se expone más arriba para pasar a ser el objeto adecuado. (Porque nadie nos dice que el hecho de poseer las mejores cualidades sea siempre la opción más adecuada).

Mon coeur plein de tabac.


Sabemos que no puede. Que se siente incapaz de colgar el teléfono y hacer ver que no ha pasado nada. Seguir leyendo, o recoger esos platos en la cocina. No puede ignorar los sábados que ha pasado solo, las tazas de café a medias, y las largas horas en el balcón preguntándose mil veces quién es mientras observa la ciudad dormida con un cigarro en la mano. Ceniceros, cafés, y libros. Como indicios de lo no vivido, como la nieve virgen y las camas bien hechas. Sabemos a ciencia cierta que no puede ignorarlos; Aunque, claro, le gustaría.

Ha colgado el auricular del salón dos veces en estos dos últimos días. Si no le conociéramos tan bien incluso podríamos pensar que lo hace a menudo. Ambas veces, unos minutos antes y después de colgar, se ha quedado mirando la planta de plástico mordida por los gatos que reposa en una maceta justo delante del sillón, pensativo. Podríamos deducir también que ambos momentos han sido como dos latigazos de diferentes verdugos que han sacudido de igual forma su cabeza, haciendo que se quede inmóvil mirando esa planta y descubriendo, a su pesar, todos los puntos que los dos tienen en común. Pero las persianas no están echadas, y aunque se esté haciendo de noche aún hay la suficiente luz para que podamos ver que dentro de la habitación llena de humo sus labios se mueven, indecisos, despegándose lentamente para pronunciar un “Joder, qué estoy haciendo". Porque, aunque tuviera las persianas bajadas del todo, la habitación le seguiría pareciendo la misma mierda que siempre se le queda grande para una vida tan pequeña.